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La bella durmiente - El Palomitron

Hay algo en la historia de Bella Durmiente que resulta fácilmente aplicable al mundo real: una niña se acerca a la edad adulta, sangra y su vida de mujer floreciente se ve truncada por otros que la prefieren dormida que libre. Claro que en el cuento su liberación, literalmente su despertar, está condicionada al beso de un príncipe azul, y eso se nos hace ya viejo al oído. Pero cabe recordar que la historia, nacida y transmitida por la tradición oral, fue ya puesta por escrito por Giambattista Basile en 1634, Charles Perrault en 1697 y los hermanos Grimm en 1812, es decir, hace ya unos cuantos siglos, y desde entonces hemos aprendido una cosa o dos. ¿O no?

Adolfo Arrieta ha querido rescatar la archiconocida historia y ubicarla en los tiempos actuales: tenemos a un príncipe letonio que toca la batería, una arqueóloga de la UNESCO y jets ultramodernos que surcan el cielo. No es nada nuevo eso de querer trasladar la literatura clásica al contexto actual: tenemos a Lady Macbeth en House of Cards, a Emma Stone tuneando La letra escarlata en Rumores y mentiras y mucho de El gatopardo en la política reciente. Es más: hace tan solo tres años Robert Stromberg ofreció en Maléfica un punto de vista diferente del cuento de la muchacha que se pincha con una rueca y cae en un sueño eterno, ofreciendo en aquella ocasión la perspectiva de la villana, a la que decidió justificar con un interesante aunque no demasiado brillantemente explicado pasado de abusos.

Versión La bella durmiente - El Palomitrón

Está claro que este cuento de hadas, uno de los más conocidos en el mundo, se ofrece a interpretaciones e infinitas versiones siempre que estas aporten algo nuevo, véase un punto de vista particular o, por qué no, una variante estética en su puesta en escena y desarrollo. Por eso sorprende que un director como Arrieta, considerado un pionero del cine independiente en Francia y España, abanderado de un estilo artesanal y libre, no haya conseguido dotar a su versión de algo que la haga única. Por no dotarla, ni siquiera la ha dotado de interés.

Porque esta Bella Durmiente no se decide. Quiere ser cinematográfica, pero resulta profundamente teatral; quiere ser moderna, pero parece muy vieja; quiere ser libre, pero sigue atada a los mismos cánones que llevamos viendo casi desde que a los hermanos Lumière les dio por grabar la salida de los obreros de la fábrica Lumiére en Lyon Monplaisir. El director madrileño ha optado por la austeridad en contraste con los excesos tan de moda en el cine contemporáneo, pero desnudar la obra no sirve de nada si no hay detrás una intencionalidad o un mensaje.

La Bella Durmiente, de Arrieta - El Palomitrón

Contiene, eso sí, algunos paisajes de belleza bucólica y episodios en los que el choque entre el reino mágico y las nuevas tecnologías dan lugar a la comedia. Insuficientes estos alicientes para sostener los escasos 82 minutos que dura y en los que convierte al espectador, bello o no, en el verdadero durmiente durante la proyección. El estupendo Mathieu Amalric y el muso de Xavier Dolan, Niels Schneider, son incapaces de brillar en sus papeles porque todo les viene ya encorsetado y sin demasiado margen de maniobra.

Nos podemos más que deducir que Adolfo Arrieta ha aparcado la artesanía y la vanguardia para echarse una siesta en un bosque encantado, y solo nos queda confiar en que el sueño sea breve y reparador para que siga dando guerra en años próximos. Hasta entonces, nos queda la sensación de que esta bella durmiente, por lo que a nosotros respecta, hubiera hecho bien en prolongar la cabezada cien años más o, al menos, hasta que a alguien se le ocurriera el modo de despertarla con ingenio.

LO MEJOR:

  • Su breve duración.
  • Algunas imágenes de indiscutible belleza.

LO PEOR:

  • Que el sueño de la protagonista se contagia al espectador.

 

Álex Merino

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