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La catedral del mar - El Palomitrón

El pasado jueves nos despertábamos con la buena noticia de que La catedral del mar había conseguido casi 4 millones de espectadores y un 22,8 % de audiencia en su estreno. Decimos buena porque del éxito de esta serie podrían depender muchas de las decisiones que se tomen a partir de ahora en los despachos de nuestras televisiones privadas en lo que a ficción se refiere.

La catedral del mar es una apuesta arriesgada a varios niveles. Su presupuesto, de unos doce millones de euros para solo ocho episodios, es más elevado que el del resto de las series españolas de prime time. Para poder sacar adelante el proyecto, Atresmedia ha necesitado encontrar socios en la producción (Netflix y TV3), sin los cuales habría sido imposible iniciar el rodaje, e incluso recurrir a una figura más propia de producciones cinematográficas como el A.I.E (Agrupación de Interés Económico). Para que Netflix entrara en el proyecto y la distribución internacional de la serie fuera posible, los episodios cuentan con una duración aproximada de 50 minutos por los habituales 70 del resto de dramas de nuestra televisión en abierto.

Recordemos que entre el final de El accidente y el estreno de La verdad han pasado más de tres meses en los que Telecinco no ha emitido ni un solo minuto de ficción española en su parrilla. No solo no ha echado de menos a la series para liderar, sino que gracias a sus talent shows y a Supervivientes ha vapuleado a la competencia en este período. Mientras tanto, Cuerpo de élite y Fugitiva no dejaban de marcar récords negativos, y el fenómeno social que ha supuesto Fariña no se traducía en audiencias espectaculares.

Ante este panorama, que una miniserie de alto presupuesto, con una cuidada estrategia de programación, con episodios más cortos que finalizan antes de la medianoche y presentada como uno de los eventos televisivos del año no funcionase en Antena 3 sería un desastre no solo para la cadena, sino para una industria que poco a poco dejaría de ver en las televisiones en abierto una ventana habitual de exhibición, al menos para este tipo de producciones.

Todos celebramos que las cadenas de pago por fin hayan apostado por las series españolas, pero los espectadores merecen una televisión de calidad también en abierto. De lo contrario, el acceso a una ficción más arriesgada, renovadora, comprometida y transformadora sería una cuestión elitista. Un fracaso para una industria que nunca deja de ser débil y para una sociedad cada vez más desigual.

Fon López

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He crecido viendo a Pamela Anderson correr a cámara lenta por la arena de California, a una Carmen Maura transexual pidiendo que le rieguen en mitad de la calle, a Raquel Meroño haciendo de adolescente con 30 años, a Divine comiendo excrementos y a las gemelas Olsen como icono de adorabilidad. Mezcla este combo de referencias culturales en una coctelera y te harás una idea de por qué estoy aquí. O todo lo contrario.

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