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La industria del cine supone un círculo vicioso del que la actualidad no quiere (ni debe) salir. Escaparate de esperanzas y frustraciones cotidianas, no son pocas las producciones ni escasos los directores que han aprovechado la oportunidad que el cine brinda para reflejar problemáticas y situaciones actuales a las que cualquier ciudadano, independientemente del país de origen, se enfrenta, como la crisis económica. O así debería ser. Acostumbrados a ver tratada la recesión económica como algo superficial y casi anecdótico, fiel recurso de trama de superproducciones americanas, letreros de Wall Street y empresarios despiadados de fondo, la industria cinematográfica olvida el lado más humano y complejo. Olvida la crisis de valores. Olvida a las personas como seres singulares, más que como cifras y estadísticas abstractas. Olvida la universalidad de la crisis y su existencia más allá de fronteras. Y olvida a esas pequeñas y valientes producciones que, al centrarse en esa cara oculta que a nadie agrada contar, se hacen grandes y fuertes.

Porque no sería justo criticar a EL LUGAR DEL HIJO como una simple película. Sus múltiples fallos la harían desmerecer una valoración que justamente gana como nueva propuesta de hacer cine y de renovar un maltratado género. En una densa y plana historia que supone el segundo largometraje de su director, MANUEL NIETO, nos vemos sumergidos en la pobreza de Uruguay y en la vida de un estudiante de Montevideo, Ariel (FELIPE DIESTE), inmerso en el movimiento de protestas estudiantiles, a quien anuncian el fallecimiento de su padre. Su vuelta a casa y a sus raíces es recibida con múltiples deudas, un rancho hipotecado, un entorno que ya no siente como propio y una continúa lección de desarraigo y reconstrucción personal, que plasma a lo largo de todo el metraje.

 

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Porque el recorrido en ese viaje externo hacia Salto, en busca de velar la muerte de su padre, no es sino la representación de un profundo viaje interno hacia el alma, hacia lo esencial y vital. La construcción de un personaje como el de Ariel, líder sindical y leve discapacitado, no es sino el reflejo de la plena integración de las diferencias entre sujetos en la sociedad y un retrato a esos líderes sindicales que, una vez alcanzado un cierto estatus, olvidan la realidad de los problemas.  La radiografía social, política y económica al Uruguay actual no es sino una profunda crítica a las políticas gubernamentales y a las acciones sociales realizadas por desorganizados sindicatos y movimientos estudiantiles. Las múltiples metáforas que, aunadas, componen EL LUGAR DEL HIJO,  no son sino pequeños fragmentos de un drama social melancólico, actual aunque difícil de empatizar y que, con tono pesimista y ligeramente humorístico, nos permite observar los efectos de un problema conocido, en otra parte del mundo.

Su plano secuencia de apertura y su final nos dejan entrever lo que su recorrido esconde. La búsqueda de uno mismo, la búsqueda de un lugar, de ese lugar del hijo que se convierte en el lugar del padre. Compleja y acompasada, supone un reto para el espectador, para los sectores gobernantes y para la propia producción cinematográfica, acostumbrada a ese juego inteligente de realidad junto a dosis de ficción. Jaque, Hollywood, ahora es vuestro turno de jugar.

 

 

LO MEJOR:

  • El ángulo desde el que son tratadas las problemáticas actuales. Realista  alejada de clichés, muestra el lado humano de la crisis económica y las consecuencias de la crisis de valores, en una crítica tanto a gobierno como a sindicatos y movimientos estudiantiles.
  • La integración de elementos como la discapacidad. Pese a que el protagonista la padezca, no existe ningún elemento en la trama o frase del guión que lo mencione, tratándose como lo que debe ser, algo totalmente normalizado y carente de tópicos.

LO PEOR:

  • El tratamiento de la película. Excesivamente lenta y densa, carece de elementos que la asciendan a algo más que a una historia plana y donde es difícil involucrarse o crear cierto grado de empatía.
  • La irregularidad de las interpretaciones, así como del tono con el que es llevada la trama, oscilante entre lo dramático y lo humorístico.

 

Lydia Martínez

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