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Dense todos por avisados, pues esta no es una película al uso. Difícil de encasillar, se mueve entre los mundos del vídeo arte y la narrativa más surrealista. Presentada como “una homemovie musical en tres actos”, es una cinta que se aleja de convencionalismo y, siendo consciente que la gran mayoría del público ni siquiera aguantará los primeros diez minutos y la tachará enseguida de aburrida, arriesga tanto en imagen, como en sonido. Intercalando las partes más ficcionadas y narrativas, con versiones casi deconstruidas de canciones populares para niños, formula un discurso coherente y atrevido. Con un estilo muy marcado en cada una de las partes, consigue una especial homogeneidad, dada por un trabajo de sonido exquisito que seguramente es de lo mejor del film.

Discursivamente hablando es un viaje a la infancia, como bien nos introducen los primeros planos del presente del narrador que se adentra en una retrospectiva desde un punto de vista muy personal e íntimo. La peculiaridad de esta regresión es el hecho principal en el que gira todo el argumento. La pérdida del padre en una familia que se presentaba feliz y plácida, crea un desequilibrio en madre e hijos. Se nos relatará con una voz en off y unos vídeos caseros que consiguen captar la esencia de una niñez apacible y normal, pero con muchos sentimientos encerrados en el armario. Poco a poco iremos recorriendo los senderos de la onda expansiva que supuso la desaparición del ser querido; las consecuencias se mostraran como inseguridades del yo narrador, como la relación con la música y el arte. Inseguridades que serán en gran medida el hilo conductor de todo y que se verán favorecidos por el cinismo del protagonista. Otro de los elementos arriesgados del film es la decisión de colocar franjas de colores tapando los ojos de los personajes. Símbolo inequívoco de querer preservar el anonimato, pero también de recordar que esa historia podría ser la de todos y que todos somos capaces de rellenar esos agujeros con ojos conocidos y amados. La visión más naif, pero a la vez más perturbador del joven interlocutor y el ritmo lento y repetitivo, crean una molestia o angustia interior que nos perseguirá durante todo el metraje y nos invitará a ir conectando y desconectando con el discurso, captándolo así de una manera más mística.

 

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MIGUEL ÁNGEL BLANCA firma este curioso experimento con el que debuta dentro del panorama cinematográfico. Paradójicamente estudió cine en la ESCAC, pero enseguida se dio a conocer por formar parte de la banda Manos de topo (también partícipes en el film). Después de más de una década vinculado a la música, nos presenta un relato del que se desprende mucha introspección y esfuerzo. No sólo por la temática y por la creación de la familia protagonista, sino también por un lenguaje visual particular y, en algunos casos, lleno de matices. Puede ser que esta idea de veracidad se lleve al extremo y en algunos casos nos expulse literalmente del drama provocando un efecto casi brechtiano, pero se logra el efecto de sinceridad buscado. Un tempo y una estética que nos alejan de cualquier referente que se nos pueda venir en mente; se ven influencias de obras tales como 9 SONGS o CREMASTER, pero se diferencia de ellas en más de lo que se asemeja. El resultado: un experimento que, sin ser perfecto, es atrevido y original y a más de uno puede sorprender.

 

 

LO MEJOR:

  • Un sonido muy bien trabajado que nos acompaña con inteligencia.
  • Una mirada extremadamente íntima que sobrecoge.

LO PEOR:

  • Un distanciamiento causado por intentar forzar el discurso veraz.
  • Un tempo que, aunque la película dure tan solo sesenta minutos, puede llegar a ser eterno.

 

 

Adrià Naranjo Barnet

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