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Trabajo, familia, estudios, nombre… Nuestra sociedad se fundamenta en la evasión, es un hecho. Incluso el cine es una forma de evasión en su sentido más primitivo. ¿Qué hay antes de ese sentimiento esquivo? O mejor dicho: ¿Por qué necesitamos esta evasión, de qué huimos exactamente? La respuesta es simple: de nosotros mismos. De nuestro “yo” como esencia; huimos, de una manera u otra, de la soledad en cualquiera de sus formas. Jiddu Krishnamurti, filósofo hindú, se pregunta: “¿Qué entendemos por soledad? No es esa sensación de vacío, inseguridad, de no tener nada, ningún sostén. No se trata de desesperación ni de falta de esperanza, sino de una sensación de vacío, de nulidad, de frustración”. En definitiva, y traducido a la época actual, vacío frente a una sociedad globalizada que ha hecho de la individualidad un estado casi inalcanzable.

Es ahora, sin embargo, cuando la soledad es más necesaria que nunca. La soledad, necesaria, como espacio para la construcción de (o el encuentro con) nuestra esencia y nuestro yo. Un lugar desconocido y privilegiado al que solo unos pocos se atreven a hacer frente. ¿No nos empujan, casi inconscientemente, a lo contrario? Ortega y Gasset lo defiende (podemos comprobarlo en el concepto de “hombre masa” acuñado por él: el individuo que nace a partir del desnivel que existe entre el hombre y el progreso de la época). Habremos avanzado en tecnología, pero no en humanidad. Móviles, redes sociales, consumo… La individualidad parece haberse convertido en una reliquia del mundo antiguo. Y no se puede comprar en tiendas.

Porque nuestra sociedad no se acerca tanto a la distopía huxleyana u orwelliana (que también) sino a una más parecida a la descrita por Cortázar: una sociedad hecha a medida de sus habitantes, sin moscas y con agua de colores según el día de la semana en el que estemos; una civilización anestesiada al ver colmadas todas sus necesidades banales, es decir, un mundo satisfactorio para gente razonable. ¿Y quedará en él alguien, uno solo, que no sea razonable? Una soledad cambiante, tornadiza, que se adapta, como el refugio de aquellos que se atreven a prescindir de la sociedad en pos de adentrarse en su individualidad, según la época de la que se trate. Tenemos pues dos películas: EL SILENCIO DE UN HOMBRE (JEAN-PIERRE MELVILLE, 1967) y DRIVE (NICOLAS WINDING REFN, 2011) que escenifican precisamente esto: la capacidad de metamorfosis, como si fuera una especie de instinto de supervivencia, de la soledad de dos individuos que han tenido que renunciar a todos los principios sociales para encontrarse a sí mismos.

 

 

EL SILENCIO DE UN HOMBRE

 

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No hay mayor soledad que la de un samurái, salvo la de un tigre en la selva… tal vez… Bushido, el Libro de los Samuráis

 

No hace falta más que ver el inicio de la película para entender el personaje de Jeff Costello, protagonista absoluto (junto a la soledad) de la película. Tras la cita (ficticia) de arriba que lo introduce, vemos a un hombre en la penumbra de una habitación jugando con el humo del cigarro que fuma. Junto a él, quizás el que sea su único compañero: un canario encerrado en una jaula. Jeff Costello (ALAIN DELON) tiene mucho de ese ascetismo que también encontramos en el Driver de RYAN GOSLING: un hombre sin habla e inexpresivo, consumido por sus propios demonios, encerrado, como su canario, entre los barrotes que le impone la sociedad.

Como una radiografía poética de la soledad, tenemos a un personaje que parece moverse casi sin motivaciones, como una máquina que obedece órdenes sin entender por qué. Jeff Costello recuerda (y mucho) al extranjero de Camus. Es un asesino a sueldo del Hampa que tendrá que enfrentarse, por un lado, a la policía que lo busca por homicidio y, por otro, a los propios cómplices que le mandaron dicho “recado”.  Porque EL SILENCIO DE UN HOMBRE (LE SAMOURAÏ en original) es, ante todo, la historia de un hombre que ni quiere ni entiende la sociedad en la que vive. Para su protagonista no hay concepciones morales ni implicaciones sociales; es un “peregrino” que lo único que hace en la vida es vivir, a secas. Su día a día no está revestido por una rutina decorativa.

 

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Impregnada con un aura que se mueve entre el mejor cine negro y asiático, la cinta de MELVILLE está rodada con una lucidez formal en la que no hay hueco para las imperfecciones. Con una cámara lejana y fría, EL SILENCIO DE UN HOMBRE invita, sobre todo, a la reflexión de un personaje en el contacto con su ambiente. Una narrativa pausada, apenas sin diálogos. Porque la soledad, como proceso intrapersonal, se gesta en el más solemne de los silencios.

Jeff Costello parece no pertenecer a nada ni a nadie. Es una figura errante, sin destino. Un nómada que camina sin rumbo porque, en realidad, no pertenece a ningún sitio excepto a su propia soledad. ¿Adónde ir sino cuando quieres llegar a ti mismo? Los bares y una amante a la que visita ocasionalmente son los únicos lugares donde nuestro particular Harry Haller se detiene en la interacción humana. Porque la diferencia entre “estar solo” y “sentirse solo” es mayor de lo que parece.

 

 

DRIVE

 

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DRIVE tiene un argumento sospechosamente parecido al de EL SILENCIO DE UN HOMBRE, incluso una narrativa y una fotografía (salvando las distancias con el tratamiento del color) similares en este sentido, como si Driver fuera una versión contemporánea, un homenaje de ese lobo estepario llamado Jeff Costello. Ambos son figuras solitarias, que se mueven en los márgenes. Ambos son perseguidos por su condición y ambos encuentran en el dinero su único sustento. Sin embargo, hay muchas más diferencias que semejanzas entre estos dos personajes. Si Jeff Costello sabe en todo momento quién es y lo que quiere, Driver vive en un mar de dudas. Como en EL SILENCIO DE UN HOMBRE, basta con los primeros minutos para conocer al personaje. Con el plano en movimiento para presentar y ubicar al protagonista, no se nos presenta la verdadera cara de este (RYAN GOSLING), sino que vemos su reflejo (el doble, el otro yo, el monstruo) en el espejo. Todo esto de espaldas, con la chaqueta del característico escorpión dorado que define el carácter violento y oculto del personaje.

Que Driver sea especialista no es casualidad. El mismo personaje esconde en sí mismo tantas personalidades como las que podría encarnar un actor. La verdadera batalla del protagonista no es contra la policía y los delincuentes que le persiguen, sino contra sí mismo, contra el escorpión que le carga la espalda. Lidiar contra “lo que es” y desprenderse de las máscaras que ocultan su “yo” es el epicentro de la historia. En una de las primeras escenas, el protagonista aparece vestido de policía, pero no lo es. Un plano de aproximación al personaje preparándose en el lugar de maquillaje revela primero a este en el espejo (de nuevo el doble y el monstruo), y luego en la realidad (el verdadero yo), que se pone una máscara de goma: se disfraza de alguien que no es él mismo. La historia interminable.

 

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DRIVE es una película profundamente simbólica. Funciona a partir de lo que no se dice, del silencio (como el ascensor, escenario donde ocurren las escenas más importantes de la película, una cabina con luz cálida y acogedora de la que surge la figura de la mujer adorada por el protagonista). Es interesante rescatar cómo Driver, a diferencia de Jeff Costello, encuentra a alguien con quien compartir su soledad. ¿O ya no lo es desde el momento en el que la comparte? Un amor que será, precisamente, el detonante de la trama. ¿Es el amor la única salida a la soledad? O mejor dicho: ¿Podemos encontrarnos a nosotros mismos en otra persona? DRIVE esconde grandes reflexiones alrededor de estas preguntas.

Con la estética neo-noir más atractiva de los últimos años, DRIVE es un placer en todos los sentidos. Estimulante y evocadora, la banda sonora se funde con la imagen, con una paleta de colores absolutamente eléctrica, en una simbiosis perfecta para estudiar en las escuelas de cine. Pocas películas elevan la violencia y la muerte hasta la categoría de la elegancia. La película de NICOLAS WINDING REFN es una obra de arte perfectamente engrasada: ni le sobra ni le falta nada. Película de culto, sin duda.

Driver es la versión contemporánea del samurái, del guerrero que ha abandonado las tradiciones y la disciplina y se ha sumergido en la espiral de la sociedad moderna, con todo lo que eso supone. Porque en DRIVE no se camina, se va en coche. El samurái se ha sacado el carné de conducir.

 

 

Víctor Camarero

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