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Decir que la trilogía de El padrino es una de las sagas fílmicas más importantes de la historia, si no la que más, es una trivialidad. Y es que, aunque el cine sea un arte subjetivo, la historia de los Corleone es considerada, tanto por la crítica como por el público, uno de esos tótems indiscutibles que forman un grupo selecto de filmes que consiguen, a través de la narrativa cinematográfica, llegar a lo sublime, a lo incontestablemente bello. Sin embargo, muchos solo atribuyen las loanzas anteriores a las dos primeras entregas, estrenadas con dos años de diferencia y con Francis Ford Coppola en la cima de sus poderes, mientras que consideran la tercera parte un título menor que solo se hizo por interés económico y en el que el director únicamente quiso participar porque estaba en bancarrota, cosa que es parcialmente verdad, como veremos más adelante. No obstante, es bueno recordar que El Padrino I (1972) también fue un proyecto que, inicialmente, tampoco interesaba a Coppola, y donde solo participó, aconsejado por su padre, para poder pagarse sus películas de arte y ensayo, influenciadas por el cine europeo, como es el caso de La conversación (1974). Una vez en el proyecto, aproximó el texto de Mario Puzo, el autor de la novela en la que se basa la película, a su terreno, y todos sabemos cómo acabó. El caso de la tercera entrega es muy parecido, como veremos a continuación.

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La oferta de Paramount de hacer El padrino III estaba encima de la mesa desde el éxito crítico y comercial (aunque no tanto como el de la primera parte) de la segunda entrega, y en 1979 Dean Riesner escribió un primer boceto, del cual prácticamente solo se conservaría una escena. En ese momento, Coppola no se interesó por el proyecto, puesto que sentía que la historia de la familia ya había sido contada en su totalidad. Además, el director tenía otros planes para su carrera, como irse a Vietnam a rodar una de las mejores películas de la historia, otro tótem, o crear un estudio a la antigua usanza donde tener a grandes profesionales asalariados haciendo películas únicamente por la productora. Esta infraestructura tan ambiciosa, llamada Zoetrope Studios, y donde trabajaba gente de tanto talento como Gene Kelly, tuvo un gran descalabro económico cuando la película Corazonada (1982) recaudó menos de 1 millón de dólares, habiendo costado 26. Francis se vio obligado a vender el estudio y se pasó los siguientes años haciendo encargos para pagar sus deudas. En este contexto, y después de encadenar dos fracasos de taquilla como Jardines de piedra (1987) y Tucker (1988), aceptó la oferta de Paramount.

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Es importante saber, para entender los fallos de la película, que Coppola y Puzo, encargados de modificar el guion original, solamente tuvieron seis semanas de plazo, aunque ellos habían solicitado seis meses. Esto provocó que Coppola aún no estuviera satisfecho con la historia cuando empezó el rodaje, por lo que fue añadiendo modificaciones paralelamente a la filmación. Algunos se aventuran a decir que, en algunas escenas, los personajes están en la oscuridad para que no se les vean los labios y así poder añadir los diálogos posteriormente mediante el doblaje. En cuanto al tratamiento del guión, algunos le critican el gran salto que este supone, en la temática y la caracterización de los personajes, respecto a la peli de 1974. Ya no se trata tanto de un relato épico de una familia en pleno apogeo, aunque el filme contenga escenas de acción muy parecidas a las de las películas originales para satisfacer al público, sino de un relato intimista del último miembro de esta familia. En 1990, Coppola ya no estaba en un momento álgido de su carrera, su papel dentro de la industria había pasado a ser secundario y ya no era aquel joven prodigio al que todos aclamaban. No es extraño, pues, que uno de los principales tema del filme sea el pasado. Esto queda claro ya desde la primera secuencia, donde vemos imágenes de la finca Corleone en Lake Tahoe abandonada, decrépita y, como muy bien decía el gran Adrian Massanet, como si fuera un estado anímico para el personaje de Michael Corleone; un Al Pacino muy cambiado, no tan sutil, pero que sabe mostrar muy bien este hombre roto por dentro. Aunque Michael intente maquillar su imagen y legitimar su experiencia criminal, el pasado lo persigue, sobre todo el asesinato de Fredo. Toda esta lucha queda muy bien reflejada en la secuencia en la que es galardonado, al principio del filme, y en la maravillosa secuencia de la confesión. El perdón y la redención, muy ligados a este estancamiento en el pasado, también dominan gran parte de la historia. Michael, que anteriormente había disfrutado de su posición de poder, quiere desvincularse de esta vida de gánster que le ha alejado de los demás y relega los asuntos sucios a otros. Y así va perdiendo la prepotencia y la autoridad para aproximarse a los demás, y permite a su hijo ser cantante para perdonarse a sí mismo por el fratricidio que cometió.

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Sin embargo, tal y como descubrimos más adelante, el fantasma de la vida criminal lo persigue y, una vez dentro de la espiral de muerte y venganza, ya no hay huida posible. “It never ends” pronuncia muy acertadamente Kay, la exmujer de Michael, interpretada por una magistral Diane Keaton, quien goza de un papel muy importante como contrapunto a la evolución del protagonista y con una visión mucho más lúcida sobre el daño que provoca este estilo de vida al ambiente familiar. La trama paternofilial es otro de los ejes del relato y que, otra vez, tiene puntos de conexión con la biografía de Coppola. El director había perdido un hijo cuatro años antes y este drama queda claramente plasmado en pantalla. Michael quiere acercarse a su hijo, pero este lo rechaza, puesto que conoce la historia de la muerte de Fredo. El padre renuncia a los planes de futuro que tenía previstos para el hijo y accede a que se desvincule de la familia. Mary, interpretada por Sofia Coppola, que sabe mostrar muy bien la vulnerabilidad y la simplicidad del personaje, participa, por el contrario, en los negocios de la familia, pero en el ámbito legal. Finalmente, Michael se separa completamente de los negocios y cede su poder a Vincent, su sobrino, interpretado por un estupendo Andy Garcia. Aun así, el destino, incontrolable a pesar de tener tanto poder, castiga a Michael donde más le duele. El inocente siempre es el acaba recibiendo, como nos muestra el director en la trágica escena final en las escaleras. No hay un futuro para un pasado tan turbio. La soledad vuelve a la vida del antiguo don al final de su vida. En su muerte no hay épica, solo patetismo. El gran imperio de los Corleone (y, con él, el gran imperio de Coppola) ha llegado a su fin.

Y de regalo, este tributo a la trilogía maestra de la historia del cine.

Pau Jané

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