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La Peste El PalomitrónQue el único festival de nuestro país con categoría A admita una serie en su sección oficial por primera vez en su historia (y van 65 ediciones) debería servir como advertencia de que La peste reúne una serie de requisitos mínimos que justifican tanto su presencia en esta sección como un replanteamiento de las bases por parte de la organización del festival. Y si además Alberto Rodríguez, uno de los mejores directores en activo de nuestra industria, está detrás de este proyecto tan ambicioso, el espectador puede empezar a presumir que lo que se va a encontrar tiene muchas papeletas para moverse a otro nivel en el universo de las series de producción nacional.

Tras visionar los dos primeros capítulos de La peste, lo cierto es que las expectativas albergadas más optimistas pueden descubrirse finalmente incluso como prudentes o tímidas. Lo que Movistar+ ha cocinado junto a Atípica Films puede habitar por derecho propio (que no adquirido) en el limbo de las series referencia de nuestra ficción, aquellas que marcaron un antes y un después en la historia de la ficción nacional. Porque con La peste nos acercamos de nuevo a un punto de no retorno que con mucha probabilidad va a suponer, esta vez sí (desafortunadamente Crematorio se quedó en un caso aislado), una nueva era, mucho más madura y compleja, para nuestra televisión.

No debemos pasar por alto que La peste, en su génesis, responde a la ambiciosa empresa de Movistar+ por competir en mercados internacionales como plataforma, plantando cara a marcas todopoderosas como HBO o Netflix. Un plan tan estratégico para la marca como complejo en su diseño y ejecución, y que sería impensable sin la producción propia de títulos de calidad. Con Vergüenza y La zona ya estrenadas, a La peste le seguirán Arde MadridFélix, Mira lo que has hechoGigantes… y así hasta cerca de 30 proyectos que la plataforma tiene en desarrollo. Y visto lo visto, la elección de Alberto Rodríguez como timonel de su primera carabela, llamada a trazar el camino y abrir la ruta de las Indias para el resto de ficciones de la plataforma, tampoco ha sido gratuita, y sí una decisión de lo más acertada.

 

Alberto Rodríguez vuelve a Sevilla

La Peste El PalomitrónNo es la primera vez que el director nos hace viajar en el tiempo y tampoco es la primera vez que Sevilla funciona como un personaje más en la ficción del realizador. Si en la eléctrica Grupo 7 la Sevilla preExpo era fielmente reflejada, esta vez el departamento de producción va a más y se atreve a dibujar la Sevilla del siglo XVI. Y lo hace con mucho esmero, como es marca de la casa, cuidando hasta el más mínimo detalle. Desde la recreación de los castigados barrios periféricos de la ciudad hasta la localización de las casas señoriales, con sus patios como pulmón central. Y desde los atuendos y sus complementos hasta cualquier elemento de attrezzo que aparece encuadrado (bebidas incluidas).

Nada nuevo bajo el sol en el cine de Alberto Rodríguez, y de nuevo una reconstrucción minuciosa de la época, que de manera paralela funciona como un documental de usos y costumbres que acompaña (y enriquece) el visionado. Porque cuando hablamos de Alberto Rodríguez (y de su equipo técnico y artístico habitual) podemos hablar también de virtuosismo en la puesta en escena, tanto en el cuidado de los elementos como en el fantástico trabajo en iluminación, que en este caso brilla especialmente en interiores y en las secuencias nocturnas. Visualizar sus cintas (La isla mínima o El hombre de las mil caras, por citar las más recientes) con ojo atento a los detalles puede resultar casi tan placentero como disfrutar de la propia trama, que en La peste visita sin pudor todas las esferas de la Sevilla del Siglo de Oro, aunque opulencia lo justito porque nos queda la sensación de que la podredumbre propia de sus zonas más castigadas, de alguna manera, acaba sorteando las barreras físicas y sociales para instalarse sin discreción en todo lo que vemos, ya sea a nivel material o humano.

 

Un escenario de oro

La trama de La peste se abre paso a través de la Sevilla del siglo XVI, sin duda el periodo de mayor esplendor de la capital andaluza. Tras el descubrimiento del Nuevo Mundo, Sevilla ocupó una posición muy privilegiada dentro de la corona de Castilla, en gran medida gracias a su condición como puerto de salida europeo hacia América. Su prosperidad comercial y económica (era también uno de los principales puertos de comercio con Inglaterra, Flandes y Génova) y la consolidación de sus industrias espolearon su riqueza artística, cultural y monumental (ojo a los fantásticos planos generales de la serie). Estos factores propiciaron un aumento vertiginoso de la población (fue la urbe más populosa de las coronas de Castilla y Aragón) en una ciudad rebasada y controlada por una burguesía que ambicionaba convertir Sevilla en capital del reino, con la Iglesia como aliado (Sevilla fue la cuna de la Inquisición española). La peste fue el impuesto que tuvo que pagar esta Sevilla poco preocupada por la salud de sus vecinos o la higiene de sus calles y plazas. Y todo esto, que ni es gratis ni viene a cuento porque sí, es el manto que envuelve la espina dorsal del relato, sin ahogarlo ni someterlo. Un titánico ejercicio de documentación e interconexión que multiplica la potencia de la propuesta y convierte a La peste en una de las mejores promesas de los últimos tiempos.

 

La trama y su reparto

La Peste en El Palomitrón

La premisa parte de una serie de asesinatos de miembros destacados de la sociedad de Sevilla que obligan al Santo oficio a recurrir a los servicios de Mateo, un proscrito declarado hereje por la Inquisición que deberá aceptar la tarea encomendada a cambio de su perdón, y así salvar su vida. Una trama que se toma su tiempo en arrancar (de hecho, hasta los últimos compases del segundo capítulo no podemos decir que lo haga) porque La peste se recrea en situarnos y esbozar a cada uno de sus personajes, y sus claroscuros. Y aunque es previsible que el ritmo suba dos marchas en el resto de capítulos (más de uno la encontrará lenta), el máximo disfrute de su visionado lo encontrarán aquellos espectadores que, desprovistos de prisas, disfruten cada plano, cada conversación y cada localización.

Pablo Molinero, Sergio Castellanos, Paco León, Manolo Solo y Patricia López Arnaiz encabezan el reparto y dan vida a una galería de personajes poliédricos que se mueven por las sombras a plena luz del día. Acosados por pasados que confiamos poco a poco se irán desvelando en el trascurso de la serie, la amistad asoma como el único nudo que aguanta los sucesivos tirones de la vida, y las promesas y los compromisos personales funcionan como una sólida ligadura en la trama de sus personajes. En general, la labor colectiva es bastante notable, destacando el trabajo de Sergio Castellanos, el buen hacer de Manolo Solo y, de manera inevitable, el papel de Paco León, muy alejado de los roles con los que el gran público le identifica. Será un placer verles progresar, y descubrir sus secretos.

 

A cuatro capítulos de su desenlace (seis capítulos en total), La peste goza de todas las virtudes con las que arropamos en alabanzas a las producciones internacionales, pero atesora una hasta ahora única, o muy rara de encontrar: es nuestra, y solo nuestra. En cuerpo y alma. A todos los niveles.

Alfonso Caro

 


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2 Comentarios

    • Ay ¡Leandra! Pues muy bien también. No he citado el nombre de todo el reparto que aparece en estos primeros episodios pero el trabajo colectivo es muy notable. La verdad es que menuda gozada de debut no?

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