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Los últimos de Filipinas - El Palomitrón

Resulta un tanto incomprensible que la cinematografía española, a excepción de los años de las truculentas producciones de exaltación nacional franquista y el tan manido “guerracivilismo progre”no se nutra más a menudo de nuestra historia, siendo como es una de las más ricas y relevantes del mundo occidental. El caso resulta especialmente sangrante si lo comparamos por ejemplo con la industria estadounidense, que de una brevísima historia como país sabe extraer una infinidad de proyectos audiovisuales.

Así pues, es motivo de alegría recibir el estreno de 1898. Los últimos de Filipinas, producción cinematográfica que aborda los hechos del histórico sitio de Baler, paradigma del bochorno nacional de finales del siglo XIX (ya llevado a la gran pantalla en 1948 en una cinta de idéntico nombre pero distinta óptica), durante el cual un destacamento del ejército español, atrincherado en una iglesia, fue asediado por fuerzas insurrectas filipinas durante 337 días, incluso meses después de la claudicación y consecuente pérdida de las colonias que supuso el punto final del Imperio de España. La cinta vaga entre las arquetípicas incursiones en la camaradería y los horrores de la guerra del puro cine bélico, con una descripción de los personajes y el contexto de la época que rezuma dejadez. La crítica a la ruin inoperancia del Gobierno español de la época se advierte, pero se antoja insuficiente para poder intuir un asomo de heroicidad en los actos de los malogrados protagonistas que la cinta nos presenta.

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Quizá esta falta de rumbo que padece la película se deba a que esta es la primera incursión de su director lejos de las producciones televisivas. Salvador Calvo cuenta con una amplia experiencia dirigiendo miniseries como Niños robados o episodios de producciones tan populares como Sin tetas no hay paraíso o Motivos personales, y de hecho a la hora de realizar su primera obra cinematográfica consigue aprobar en el aspecto técnico, pero no puede evitar caer en el tópico pecado del primerizo: el de querer hacer más de una película. Se requiere cierto talento creativo para poder aderezar una cinta épica introduciendo situaciones ajenas al género, como la presencia de un misionero con mono de opio, sin que esta vea resentida su verosimilitud.

Esa falta de credibilidad se ve compensada con una más que correcta labor de ambientación, en la que destacan las labores de maquillaje y peluquería, vestuario y la elección de las localizaciones: pese a haber sido rodada en Guinea, la cinta traslada al espectador al paisaje selvático de Filipinas. Todo esto, sumado a las composiciones del siempre acertado Roque Baños, camufla los defectos de la cinta y permite disfrutar moderadamente de las vicisitudes del destacamento, repleto de rostros tan conocidos del panorama nacional como los de Luis Tosar, el recientemente premiado en San Sebastián Eduard Fernández, Karra Elejalde o Javier Gutiérrez. Defiende casi todo el reparto con dignidad a sus personajes, a excepción tal vez de un Ricardo Gómez que nunca debería haber salido del catódico San Genaro.

Los últimos de Filipinas - El Palomitrón

1898. Los últimos de Filipinas, sin ser una gran película, ocupa un vacío que producciones venideras deben acabar de llenar. Resulta interesante y didáctico poder descubrir, a través de una narración dramatizada, el relato de estos desafortunados soldados y su descompensada lucha contra un ejército superior en número, la escasez de provisiones, el temible beriberi y el despotismo de su país. Un episodio de nuestra historia que ayuda a comprender los fatídicos eventos que viviría España durante gran parte del siglo XX y que aún reverberan hoy en día.

LO MEJOR:

  • Un reparto de lujo.
  • La ambientación, meritoria.
  • Su simple existencia: la industria cinematográfica de nuestro país debe beber más de su historia.

LO PEOR:

  • La falta de rumbo creativo. ¿Qué nos quiere contar el director?
  • Que se pueda acabar quedando como una rara avis.

Tomás Ruibal

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