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Desconozco como serían los sujetadores en la década de los 60 para la mujer corriente, pero basta con lanzar una mirada a la primera escena -dos tortolitos retozando en blanco y negro sobre la cama en Phoenix, Arizona- para darse de cuenta de que parecían formar parte de una armadura muy pesada, dos grandes y puntiagudos embudos apuntando al frente. A Marion le es indiferente, ella presume ante la mirada indiscreta del espectador de llevar uno de color blanco, inmaculado, inocente, perfecto, porque ella se siente así. Marion es una chica Playtex que, harta del papel de amante fervorosa y complaciente, desea que su relación clandestina con Sam pase a la luz del conservadurismo. Es decir, presentación de su maromo a la parentela mediante una cena casera, como mandan los manuales. Después, a los postres, campanas de boda, una vez conseguido que su Sam se divorcie. ¿Quién puede culpar a la buena de Marion de anhelar su felicidad?

 

Blanco

 

Sin embargo, el fondo de armario de Marion alberga una grata sorpresa: un sujetador de color negro (con su correspondiente falda a juego). Porque, sobre la cama, el maromo se ha convertido en un buen fajo de billetes, en concreto, cuarenta mil del ala. Como si Marion se los acabara de follar. Todo lo blanco, inmaculado, inocente y perfecto ha dejado paso a lo oscuro, sucio, taimado e imperfecto. De Marion emerge un lado criminal que matiza su carácter. Por eso, jamás en el cine un cambio de sujetador ha podido contar tanto del interior de un personaje. ¿Obra del talento de Alfred o del guionista, Joseph Stefano? Nunca lo sabremos.

Lo curioso es que no se establece un motivo que justifique el robo de la pasta o guita. Simplemente sucede como algo normal y plausible. Supongo que a veces la frontera entre el bien y el mal es tan débil que no necesita de grandes argumentos. El dinero corrompe y no necesitamos saber más, parece afirmar el orondo Alfred.

No obstante, en la película esta abrupta dualidad funciona como una excelente introducción al personaje de Norman Bates, un tipo en el que conviven dos personas al precio de una. Por un lado, el hijo, apocado y voyeur; y por el otro, su vieja, represora y asesina.

Viendo Psicosis uno aprende una barbaridad de psicología, por ejemplo, que esa dualidad no puede extenderse durante toda la vida; llega un momento en que irremediablemente peta por alguna parte. Siempre acaba ganando la parte dominante. Por eso al final del relato, Norman es poseído en su totalidad por la madre, el lado malvado. Y por eso Marion decide regresar a la ciudad, sumida en el remordimiento, con el objeto de devolver el dinero, aunque no lo vemos por culpa de unos cuantos cuchillazos mal dados. Seguramente, al regresar a la ciudad, hubiese llevado puesto el sujetador blanco. Ay, Marion, qué breve fue tu paseo por el lado salvaje de la vida.

 

Fotonegro

 

Otra de las interesantes dualidades de la peli de marras (esta no tan evidente) se engloba en la dicotomía ciudad versus pueblo. Psicosis dibuja una ciudad que impone a sus ciudadanos como héroes trágicos, los cuales se ven obligados a irrumpir en los dominios del pueblo con el fin de resolver los crímenes que estos nunca pudieron o supieron. Es el detective privado Milton Arbogast quien levanta la liebre, así como la pareja sin tensión sexual, Lila y Sam, quienes toman la iniciativa de la investigación ante la actitud del decrépito sheriff: siempre pasiva, indolente, como si fuera interino o cómplice. Incluso al final de la película el sheriff ha de asistir, impertérrito y secundario, a la perorata arrogante del urbanita psiquiatra en la que aclara qué se cuece en la sesera de Norman.

Por cierto que hoy en día, una escena como esta, sería objeto de mofas por parte del público o la crítica. No hay nada peor que los finales explicativos, aunque se comprende que en la década de los 60 la mente de los espectadores era aún un campo fértil para Hollywood.

En definitiva, Psicosis, es una película que aborda la dualidad del ser humano como el prólogo hacia la locura, tema éste recurrente por HITCHCOCK en su célebre serie de televisión, y de la que se sirvió para promocionar la película (véase el trailer, un ejercicio magistral de ironía, tal y como presentaba los episodios de su serie). La locura, en suma, como un final sorpresivo pero evidente ante hechos extraordinarios que se escapan a nuestro sentido común.

 

Luis Pedrero.

Luis Pedrero (luis XVI vitalicio) es un gran amigo desde que coincidimos juntos en la faculta de Publicidad y RR.PP. de Segovia. Cinéfilo hasta la médula, no dudó en cruzar el charco para estudiar guión en la escuela de cine New York Film Academy.Actualmente reside en Marbella, y recientemente ha puesto en marcha un blog, www.usaprotectorsolar.wordpress.com, desde donde nos invita a echar una mirada optimista al mundo que nos rodea.

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Alfonso Caro Sánchez (Mánager) Enamorado del cine y de la comunicación. Devorador de cine y firme defensor de este como vehículo de transmisión cultural, paraíso para la introspección e instrumento inmejorable para evadirse de la realidad. Poniendo un poco de orden en este tinglado.

3 Comentarios

    • David, lo primero darte la bienvenida a éste espacio de cine!!! Si te soy sincero nunca llegué a ver el remake?versión? homenaje? que hizo Gus Van Sant en el 98. A juzgar por las críticas que recibió, creo que tampoco me perdí nada. LA duda que me invade es si debemos considerar remake una película que se limita a copiar plano a plano una obra maestra de éste calibre…para mí un remake es un nuevo punto de vista sobre una historia ya conocida, lo que en la mayoría de los casos esconde algo mucho más preocupante: la ausencia de creatividad. En el caso de el filme de Vas Sant sus defensores siempre han hablado de homenaje, cosa que la verdad no me convence mucho, y te insisto que no la he visto y puede que sea el momento de verla y opinar como dios manda..pero tampoco descarto que todo se redujese a una hilvanada operación de MK. para llamar la atención y montar un buen revuelo, que eso sí que se consiguió…Personalmente, la película de Van Sant vive desterrada de mi memoria desde hace ya mucho tiempo.
      David, desde El Palomitrón esperamos que disfrutes todos los contenidos y que te expreses con total libertad!

      • Muchas Gracias por tu bienvenida y por tu rápida respuesta. Mi opinion es que un remake es simplemente eso, un re-hecho. Puede que cambie mucho ( como en el caso de la reciente Total.Recall) o que sea un intento de plagiar una pelicula mas antigua como es éste el caso (te imaginas a Dali haciendo una copia de las meninas de Velázquez?). No me suele gustar ningun remake la verdad porque por lo general se suelen hacer de peliculas brillantes o de obras maestras y casi siempre desmerecen la original. Mi opinion es que Hitchcock fue un genio prolifico y atemporal. No necesita remakes de ningun tipo. Un saludo!!

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